Lavarse proporciona una agradable sensación física pero además, según los dermatólogos, es la mejor prevención contra las infecciones de la piel. Las normas de higiene deben ser inculcadas desde la infancia, para que se conviertan en un hábito natural el resto de la vida, porque forman parte de la educación y del respeto al prójimo.
Para limpiar la piel del cuerpo, nada mejor que la ducha; sus grandes beneficios vienen dados por su movilidad, que produce una estimulación tonificante para la piel y el sistema sanguíneo. Según la temperatura del agua, la ducha puede ser estimulante y tonificante (con agua fría) o relajante y tranquilizante (con agua caliente).
Actualmente hay varios tipos de jabones: sólidos, geles, líquidos, cremosos, espumosos... El origen de todos está en el jabón clásico, elaborado con una mezcla de cuerpos grasos y sosa cáustica, que resulta un tanto desecante. Los primeros jabones modernos incorporan sustancias suavizantes y nutritivas como el aceite de almendras o la glicerina.
Fabricar un jabón consiste en combinar un cuerpo graso de origen animal o vegetal (sebo, aceite o grasa), con un alcalino (potasa para los jabones blandos y sosa para los duros). Esta mezcla se hace en caliente y recibe el nombre de saponificación.
El jabón tiene un excelente poder limpiador y actúa esencialmente al entrar en contacto con la epidermis y, en consecuencia, con las impurezas (células muertas, polvo, sudor o sebo) que la recubren. Un buen jabón debe ser, al mismo tiempo, detergente, espumoso y puro; el poder espumante depende de la elección y concentración de los aceites y las grasas.
Los jabones de las líneas de perfume son una auténtica proeza técnica, porque reproducir exactamente las mismas notas del perfume y que, además, no se degraden al entrar en contacto con las sustancias jabonosas es complicado y difícil; como ejemplo la casa Guerlain tardó 10 años en poder reproducir en un jabón el perfume de "Shalimar". Los más elaborados son los de Chanel y Guerlain, que contienen alrededor de un 5% de perfume, cuando lo habitual es el 2 o 3%.
El baño mejora la circulación, aumenta la transpiración y destensa los músculos. Al contacto con el agua caliente, los poros se abren y los vasos sanguíneos se dilatan; más receptiva, se beneficia de los activos tonificantes o relajantes de los aceites esenciales, unos complejos naturales y volátiles que, al disolverse en el agua, actúan no sólo por difusión a través de la piel sino también por inhalación; son más beneficiosos y menos desecantes que las espumas. El efecto puede ser tónico o relajante, dependiendo de la temperatura, el tiempo y el producto que se vierta en el agua. Hay que advertir que, por encima de 40 grados, el baño pierde sus virtudes terapéuticas y sus beneficios se convierten en perjuicios: la piel se deshidrata, los vasos sanguíneos superficiales pueden romperse e, incluso, se puede sentir malestar o mareo.
Existen distintos tipos de baños:
