Desde el punto de vista dermatológico, una piel hidratada es aquella cuya superficie es lisa, continua, flexible y satinada; al tacto es suave y, al pellizcarla, se nota que es firme y elástica. La piel actúa como un termorregulador pero es incapaz de defenderse de los rigores del clima, por lo que la película hidrolipídica se altera y el agua de las capas superiores de la epidermis disminuye. Los síntomas de esta sequedad son visibles e inequívocos; piel áspera, rugosa, poco flexible, con tendencia a pelarse con un tono apagado.
La utilización diaria de una hidratante debe ser un hábito ineludible desde la adolescencia; no sólo contrarrestra la sequedad producida por causas externas e internas, sino que además restablece la película protectora de la piel que inevitablemente se pierde en la ducha diaria.
El mejor momento es después de la ducha, cuando la piel está todavía húmeda y tibia; extendiéndola mediante ligeros masajes ascendentes, empezando por los pies y subiendo hasta el torso. Estos movimientos facilitan la microcirculación sanguínea y favorecen la penetración de los principios activos.
La elección del producto es totalmente personal y la oferta amplia y variada: cremas, leches, aceites, lociones e, incluso, algún gel: Gelée de Soin Hidro-Tonique de Biotherm.